sábado, 25 de agosto de 2012

corazón coraza



De nuevo la niebla viene sobre nosotros. Una espesa estela de derroche destructivo que arrasa a su paso todo cuanto ve. Nube blanca de fatal muerte sale sin cesar de todas aquellas fábricas donde los sueños entran para no salir. Futuros perdidos por un presente que aniquila todo a su paso feroz. Violencia desmedida. Muerte blanca como espuma de mar saturada de polución.

La ola tóxica viene hacia mi ventana. Sólo mirar cabe. Contemplar el fin tiene algo de paradigmático. Catástrofe concebida. La catástrofe pierde su propia noción y su propia memoria.

La nube convertida en ola blanca mortal, tsunami de químicos concentrados que devora y arrastra todo a su paso. No más queda. No habrá recuerdo de su paso porque toda la capacidad de recordar también se habrá arrasado junto con las personas que podrían recordar.

Tras mi ventana la veo venir repleta de camiones entre las calles grises sobre fondo gris.

Sin poder más que mirar.

Preparado estoy para la operación. Ya tengo conectados los tubos que atraviesan los pezones de mi pecho para ese trasplante de corazón muerto que sólo puede mirar.

Qué rápida llega la destrucción. Calles grises. Nubes de tóxicos. ¡Cerrad todas las ventanas! ¡Que no entre la nube que todo atraviesa, la ola que todo arrasa!

No hay más que hacer. La sala del hospital está llena de enfermos grises que llegaban de ese avión tan grande. Los recuerdo a todos. Fue antes de todo esto. En otro sueño tal vez. Hospitales amarillentos de dolor. Camas sacrificadas junto a sus moradores. Olor a muerte y yodo. No tenía sentido la ola allí. ¿Porqué estallan las fábricas de química mortal? Ya era suficiente con las búsquedas en el barrio alto de la ciudad. También los llanos se envenenan y el hospital no podrá más.

Todos los estudiantes están encerrados para no ver más allá de lo que leen. Construcción dramática en un bello entorno. No sé si se habrá contaminado ya. ¿Hasta dónde llegará la ola de nubes?

Salas y salas del hospital y del colegio. Vacías y llenas de muerte. Dramático resultado de una búsqueda errada.

Me pierdo de rumbo y llego desde la estación del alto barrio. Qué bonito es esto. Y a pesar el cielo ya es gris. Estrechas las calles llegan a la corniche sobre el parque y, al fondo, las fábricas que me llegan cuando tengo que ir a operarme. No podré correr y, sin embargo ya no puedo correr. Drama.

La niña oculta al final de las escaleras en el ático de la alta casa de tres plantas de fachada puntiaguda y azulada junto a la arbolada y empinada plaza tan lejos de la estación del alto barrio como al final de su calle larga que queda ya tan lejos de las fábricas y escondida aun así para que no le llegue. Y no nos dimos cuenta cuando fuimos a buscarla en su torre de marfil. No supimos entender lo que nos decían las señales.

Cables en mi pecho y sólo miro por la ventana los camiones tumbarse por la fuerza de esa nube-ola blanca de muerte.

No paran de salir. Cielo gris sobre calle gris. Tan oscuro el colegio que no veíamos más de la clase iluminada. Reducido espacio sin vistas pero con luz. Quédate tranquilo. En tu sitio nada te afecta. Mentira. Falsa ilusión.

Explosiones de humo blanco y mis pezones entubados y ahora recuerdo esas escaleras del colegio en mármol tan grandes como inútiles. No corras.

Calles casi vacías y yo le digo algo habrá que hacer. Nunca responde. Sólo sigue su curso. Mi curso. Nunca he sabido si iba yo o éramos más. Sensaciones de grupo que refuerzan la idea de que no pasa nada. Qué dolor tan terrible en el avión. ¿Allí fue donde caímos enfermos?

Hospitales y universidades después de eso. Muerte y dudas sólo. Y esa niña en lo alto de la escalera. Tan lejos en su torre de marfil. ¿Cómo lo sabía?

Calles de asfalto gris y cielo gris. Carreras en la ciudad que no se acaba. Cuán grande es.

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