De nuevo
la niebla viene sobre nosotros. Una espesa estela de derroche destructivo que arrasa
a su paso todo cuanto ve. Nube blanca de fatal muerte sale sin cesar de todas
aquellas fábricas donde los sueños entran para no salir. Futuros perdidos por
un presente que aniquila todo a su paso feroz. Violencia desmedida. Muerte blanca
como espuma de mar saturada de polución.
La ola
tóxica viene hacia mi ventana. Sólo mirar cabe. Contemplar el fin tiene algo de
paradigmático. Catástrofe concebida. La catástrofe pierde su propia noción y su
propia memoria.
La nube
convertida en ola blanca mortal, tsunami de químicos concentrados que devora y
arrastra todo a su paso. No más queda. No habrá recuerdo de su paso porque toda
la capacidad de recordar también se habrá arrasado junto con las personas que
podrían recordar.
Tras mi
ventana la veo venir repleta de camiones entre las calles grises sobre fondo
gris.
Sin poder
más que mirar.
Preparado
estoy para la operación. Ya tengo conectados los tubos que atraviesan los
pezones de mi pecho para ese trasplante de corazón muerto que sólo puede mirar.
Qué rápida
llega la destrucción. Calles grises. Nubes de tóxicos. ¡Cerrad todas las
ventanas! ¡Que no entre la nube que todo atraviesa, la ola que todo arrasa!
No hay
más que hacer. La sala del hospital está llena de enfermos grises que llegaban
de ese avión tan grande. Los recuerdo a todos. Fue antes de todo esto. En otro
sueño tal vez. Hospitales amarillentos de dolor. Camas sacrificadas junto a sus
moradores. Olor a muerte y yodo. No tenía sentido la ola allí. ¿Porqué estallan
las fábricas de química mortal? Ya era suficiente con las búsquedas en el
barrio alto de la ciudad. También los llanos se envenenan y el hospital no podrá
más.
Todos los
estudiantes están encerrados para no ver más allá de lo que leen. Construcción dramática
en un bello entorno. No sé si se habrá contaminado ya. ¿Hasta dónde llegará la
ola de nubes?
Salas y
salas del hospital y del colegio. Vacías y llenas de muerte. Dramático resultado
de una búsqueda errada.
Me pierdo
de rumbo y llego desde la estación del alto barrio. Qué bonito es esto. Y a
pesar el cielo ya es gris. Estrechas las calles llegan a la corniche sobre el parque y, al fondo,
las fábricas que me llegan cuando tengo que ir a operarme. No podré correr y,
sin embargo ya no puedo correr. Drama.
La niña
oculta al final de las escaleras en el ático de la alta casa de tres plantas de
fachada puntiaguda y azulada junto a la arbolada y empinada plaza tan lejos de
la estación del alto barrio como al final de su calle larga que queda ya tan
lejos de las fábricas y escondida aun así para que no le llegue. Y no nos dimos
cuenta cuando fuimos a buscarla en su torre de marfil. No supimos entender lo
que nos decían las señales.
Cables en
mi pecho y sólo miro por la ventana los camiones tumbarse por la fuerza de esa
nube-ola blanca de muerte.
No paran
de salir. Cielo gris sobre calle gris. Tan oscuro el colegio que no veíamos más
de la clase iluminada. Reducido espacio sin vistas pero con luz. Quédate tranquilo.
En tu sitio nada te afecta. Mentira. Falsa ilusión.
Explosiones
de humo blanco y mis pezones entubados y ahora recuerdo esas escaleras del
colegio en mármol tan grandes como inútiles. No corras.
Calles casi
vacías y yo le digo algo habrá que hacer. Nunca responde. Sólo sigue su curso. Mi
curso. Nunca he sabido si iba yo o éramos más. Sensaciones de grupo que
refuerzan la idea de que no pasa nada. Qué dolor tan terrible en el avión. ¿Allí
fue donde caímos enfermos?
Hospitales
y universidades después de eso. Muerte y dudas sólo. Y esa niña en lo alto de
la escalera. Tan lejos en su torre de marfil. ¿Cómo lo sabía?
Calles de
asfalto gris y cielo gris. Carreras en la ciudad que no se acaba. Cuán grande
es.
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