De Madrid
al suroeste parte la carretera que conduce a Alcorcón. Innumerables puentes y
pistas de tierra alrededor de la carretera llena de camiones. Ya hice ese
camino antes. Árboles. Grandes plátanos dan sombra en la entrada de la aldea, a
medio camino.
El palacio
guarecido por viejos edificios y otros nuevos. La calle de los santos
incestuosos, José y María. Hay quien dice que santo se nace, estos debieron
hacerse, sino no entiendo el porqué la voz me dice lo que son y recalca su
situación. Santos.
El palacio
lleno de ornato. Hay una calle con la biblioteca a la que llegaba en bici desde
el pueblo vecino. Abre sus puertas. Patio decorado. No entro. No puedo desviarme
de la ruta que lleva a la Gran Vía. Graffiti por todos lados, en las alturas. Colores
de la calle que me recuerdan a Nueva York. Ruido de coches. Esa calle lleva al barrio alto de la montaña. Pobreza. Pero eso no lo veré hoy, sin embargo sé por dónde pasa el tren que va a la costa y dónde el teleférico que nunca tomé.
La calle
se conecta con la ciudad. Eterna sucesión de calles y plazas. Edificios llenos
de espacio aéreo ocupado.
Voy en
bici. El camino lo he repetido, ida y vuelta muchas veces. Hoy hay luz. No sol.
Las nubes
de otras veces han desaparecido.
Mar inundado
de mediodía camino a Mijas. Acantilados. Sol y calor. Pinos.
Mezcladas
vivencias. Siempre me gustó esa aldea. Punto de inflexión. Punto de paz. Me gusta
ese lugar. Desde la avenida de Leganés, obras detrás. Descampado sombrío que me
acerca a través del río y las chabolas a la carretera de Madrid. En medio, la
aldea, sombría de árboles mayores, sólo refleja la paz ansiada.
¿Porqué se
repite este lugar? ¿Qué magia tiene.?
La ciudad
infinita no siempre será Madrid. Mezclas. Sumas.
Tras la
curva rodeada de árboles se ve el mar a mediodía. Sol y calor. Espacio de
alegría vital de otros tiempos más amables. Qué grato encuentro el de la tierra
y el mar.
Intento
comprender el porqué de los santos. Nunca existió esa calle, ni esos edificios.
Siempre entré por otro lado. Una pista de tierra llegaba a la aldea desde la
autopista llena de puentes. Espacio de tranquilidad. Biblioteca de
conversaciones relajadas que te incitaban a quedarte.
El palacio
siempre estuvo allí, siempre abandonado, siempre majestuoso.
Ruido de
fondo. El despertador vuelve a sonar.