jueves, 7 de enero de 2010

YO EL MUNDO TÚ OTRO ÉL UNO ÉL OTRO TÚ EL MUNDO YO

Se mueven los días en una lenta cadencia de horas silenciosas repletas de sueños de encuentro.

Y vienes y te veo y me miras y te vas y nos observamos y vienes y no hablamos y me miras y me dices qué y yo digo nada y nos hablamos y viene otro y habláis y me voy y nos vamos y montamos y sonrío a la azafata y despegamos y volamos y yo estoy resfriado y le pido un favor y te lo hace llegar y no me lo creo y no te lo esperas y estornudo y me duele el oído y aterrizamos y te busco y no nos encontramos y no me llamará y ceno y me llamas y hablamos y qué pena y es que era un conocido y ahora tienes que esperar y yo me voy y mañana trabajo y sonrío y sonríes.

Se mueven los días en una lenta cadencia de horas silenciosas repletas de encuentros.

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Unos amigos en un bar hablan largo y tendido y, a su lado, una pareja empieza a irradiar amor como una estufa irradia calor; flota en el ambiente el encuentro maravilloso del primer beso. El comienzo de una alegría.

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Un día cualquiera, una hora cualquiera y no pasó.
Un día cualquiera, una hora cualquiera y pasó.

La posibilidad perdida se repite y ya no puedo esperar, te veo y te digo.

Ideas compartidas afloran de nuestros labios, esos que después se buscarán. Extraño resulta, sorprendente se nos aparece un mundo de dos ángulos que coincide en nuestras mentes. Y tus ojos. No parecía posible pero estás ahí. Encuentro en ti el espejo de mi alma, el reflejo de mi espíritu. Y mis ojos. Nos decimos tanto que me choca el ímpetu del desconocimiento que teníamos el uno del otro.

Lo improbable rompió la estadística, apareciste y no puedo no pensarte, no intentarte. Arde el deseo del fuego que guardé. Tú pareces mi llama. Tú pareces mi reflejo. Yo del espejo que te dejas ver. Siento que te extraño sin conocerte apenas. Estás ahí y ya te echo de menos.

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