Se encuentra
el mar en todos lados. Atrás, en el frente, por encima y por debajo. Es por
causa de esta mole de piedra amarilla que aparece en la playa como barco varado
propio de otra época, de todas las épocas. Su curvatura repite en un eco el
continuo crujido de las olas en la orilla, sumando así los sonidos con los
sonidos, del mar a la roca, de la roca al mar. Superpuestos. Poseídos por la
gratitud de lo hermoso. Luego, luego, luego.
Luego sólo
quedan los pequeños guijarros que se escabullen con la resaca y son como
intermedios, como los silencios de una melodía, importantes. Luego, luego,
luego.
Luego, otra
vez el rugido del mar.
La belleza
queda aquí traducida en un rayo de sol de mediodía sobre el mar y en el canto
del mar.
El agua está
fría, sin embargo es tan azul que resulta imposible no querer estar envuelto
por ella, no querer, al menos por un instante, ser ella. Formar un todo con
ella y producir música mientras el sol brilla.
Una roca, como
un barco, encallada en la arena de una playa que no deja de sonar y el sol
brillando contra las olas dueñas del sonido. ¡Eh aquí la grandeza del mundo!